Light me up a Cigarette
~ Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción.
Joaquín Sabina ~
Joaquín Sabina ~
lunes, 12 de septiembre de 2011
¿Para qué sirven los labios?
Cuando me preguntan qué es lo primero que miro en una persona del sexo opuesto respondo sin afán: “Sus labios”.
De niña crecí con la imagen de aquella rubia de vestido blanco, que de manera pícara intenta evadir el viento que le sube la falda mientras muestra su sonrisa compuesta por unos labios grandes y provocativos, acompañados de un lunar al lado izquierdo. Sí, Marilyn Monroe, aquella inspiración que me llevaba todas las tardes después del colegio a hurgar dentro del maquillaje de mi mamá buscando aquel tono rojizo y por el cual me regañaban argumentando que eso era cosa de “grandes”. Y no entendían que tan sólo buscaba lograr unos labios parecidos, no pretendía ser “grande”.
Cierto día a mis 13 años me topé con una película: Charlie y la fábrica de chocolate. La cual me ayudó a concluir lo siguiente: Los labios provocativos no son sólo materia de mujeres, también existen hombres con ellos: Johnny Depp. Y no entendía nada de lo que decía Willy Wonka, pues sólo me fijaba en el cómo decía las cosas a través de sus labios, no existía posible adicción al chocolate para alejar mi mirada de ellos. Y ése fue el inicio de una torpe y platónica historia de amor. Disfrutaba de su irónica y petulante forma de actuar e interpretar a sus diferentes personajes, pero lo que más me fascinaba era ver a esos labios en diferentes versiones, palpándose de diferentes personalidades y pronunciando obscenidades que me intimidaban.
Cuando tenía 15 años en mi círculo de amistades ya todos habían besado y yo seguía con la afición a aquellos labios estadounidenses. Sí, era la ñoña que no había dado su primer beso. Todos hablaban del cómo, qué y cuáles eran las sensaciones que generaba besar a una persona. Entre mis amigos llegaron a besarse, fui testigo de cómo se rotaban entre sí ¿Y yo? Aquella ñoña que no había dado su primer beso, y era porque guardaba la esperanza de que aquel sexy symbol estadounidense llegara, me tomara entre sus brazos y me besara, ¿Pero cuándo?
A mis 17 años no pude serle del todo fiel a Depp, caí en la tentación de aquel roce de labios, sentí por primera vez qué era entrar en contacto de esa forma con un hombre, compartir algo más que palabras insulsas buscando un acercamiento. Noté la importancia de cuidarlos, de mantener un bálsamo de Nivea siempre a la mano, Chiclets en los bolsillos y una sonrisa para conquistarlo. Entendí que los labios no están hechos sólo para hablar sino para conquistar, y no de la forma en que lo hizo Depp conmigo, sino de una cercana, de estremecimiento y sentir un aliento, de provocar y ser provocada, de ese juego interminable en el cual se necesitan 4 labios y picardía como estrategia. Comprendí que conjugar labios es el mejor pasatiempo que jamás pude haber descubierto.
Y sí, todavía sigo suspirando por los labios de Johnny Depp, pero seguiré practicando para cuando llegue aquel sexy symbol a tomarme entre sus brazos.
De niña crecí con la imagen de aquella rubia de vestido blanco, que de manera pícara intenta evadir el viento que le sube la falda mientras muestra su sonrisa compuesta por unos labios grandes y provocativos, acompañados de un lunar al lado izquierdo. Sí, Marilyn Monroe, aquella inspiración que me llevaba todas las tardes después del colegio a hurgar dentro del maquillaje de mi mamá buscando aquel tono rojizo y por el cual me regañaban argumentando que eso era cosa de “grandes”. Y no entendían que tan sólo buscaba lograr unos labios parecidos, no pretendía ser “grande”.
Cierto día a mis 13 años me topé con una película: Charlie y la fábrica de chocolate. La cual me ayudó a concluir lo siguiente: Los labios provocativos no son sólo materia de mujeres, también existen hombres con ellos: Johnny Depp. Y no entendía nada de lo que decía Willy Wonka, pues sólo me fijaba en el cómo decía las cosas a través de sus labios, no existía posible adicción al chocolate para alejar mi mirada de ellos. Y ése fue el inicio de una torpe y platónica historia de amor. Disfrutaba de su irónica y petulante forma de actuar e interpretar a sus diferentes personajes, pero lo que más me fascinaba era ver a esos labios en diferentes versiones, palpándose de diferentes personalidades y pronunciando obscenidades que me intimidaban.
Cuando tenía 15 años en mi círculo de amistades ya todos habían besado y yo seguía con la afición a aquellos labios estadounidenses. Sí, era la ñoña que no había dado su primer beso. Todos hablaban del cómo, qué y cuáles eran las sensaciones que generaba besar a una persona. Entre mis amigos llegaron a besarse, fui testigo de cómo se rotaban entre sí ¿Y yo? Aquella ñoña que no había dado su primer beso, y era porque guardaba la esperanza de que aquel sexy symbol estadounidense llegara, me tomara entre sus brazos y me besara, ¿Pero cuándo?
A mis 17 años no pude serle del todo fiel a Depp, caí en la tentación de aquel roce de labios, sentí por primera vez qué era entrar en contacto de esa forma con un hombre, compartir algo más que palabras insulsas buscando un acercamiento. Noté la importancia de cuidarlos, de mantener un bálsamo de Nivea siempre a la mano, Chiclets en los bolsillos y una sonrisa para conquistarlo. Entendí que los labios no están hechos sólo para hablar sino para conquistar, y no de la forma en que lo hizo Depp conmigo, sino de una cercana, de estremecimiento y sentir un aliento, de provocar y ser provocada, de ese juego interminable en el cual se necesitan 4 labios y picardía como estrategia. Comprendí que conjugar labios es el mejor pasatiempo que jamás pude haber descubierto.
Y sí, todavía sigo suspirando por los labios de Johnny Depp, pero seguiré practicando para cuando llegue aquel sexy symbol a tomarme entre sus brazos.
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